miércoles, 31 de diciembre de 2014

Treinta y tres años


TREINTA Y TRES AÑOS 


Rogelio llevaba diez minutos esperando afuera del departamento 304, y se puso a merodear a lo largo del pasillo, ida y vuelta. Tras la última mirada a su reloj, se escuchó un murmullo de zapatos femeninos que salían del ascensor, a medio pasillo. Él estaba justo frente a la puerta 304, y se detuvo, a examinar todo el material que llevaba en su maletín. Leía para sí sus mejores poemas, como alimentando la confianza que necesitaba para entrar al concurso al que lo habían invitado. “Con permiso” dijo una mujer, tocando a la puerta 304. “Disculpa, ¿Eres Emily?” preguntó Rogelio, acordándose de ella, acomodándose los anteojos con el dedo índice. “Sí” respondió ella, indiferente, sacando de su bolso un lápiz labial y mirándose en un espejo circular. Cuando se arregló el cabello, comenzó a mostrarse molesta e impaciente. “Perdón, ¿a qué departamento vienes?, yo vengo al 304” inquirió Rogelio. Ella lo miró desconcertada. “¡No, yo vengo al 304!”. Al observarlo detenidamente, lo reconoció. Emily recordó la imagen del jovencito frustrado que le declaró un amor que no tendría futuro. “A ver, YO vengo a una cita, y NO es contigo, ¿OK?” aclaró arrogantemente la recién llegada. “Entiendo. Yo vengo a un concurso literario. Nuestros propósitos son ajenos entre sí” concluyó él, y calló para no incomodarla más. No tardó tanto en salir del ascensor un hombre corpulento, al que de inmediato Emily se dirigió preguntando si era su cita, y recibió una respuesta afirmativa. Rogelio vio por el rabillo del ojo que se relacionaron bien. “Esto va a ser incómodo. Tendré el sobre con la invitación a la vista para que no me excluyan así nada más” pensó. Los tres, tras presentarse y descubrir el formato común de las misteriosas invitaciones, estuvieron de acuerdo en entrar al mismo tiempo al departamento 304. Nadie abrió la puerta, y Felipe, la cita a ciegas de Emily, la forzó con una tarjeta. Se trataba de una estancia interesante. Una silla acojinada con descansabrazos, junto a una mesa. Y frente a éstas, una cama enorme, abarcando hasta el rincón del recinto. Sobre la mesa había una pluma, un tintero, hojas blancas; y un par de sobres. El primer sobre decía “ROGELIO”. Había instrucciones escritas dentro, en una hoja: “Observa y escribe el evento ante tus ojos como sólo tú lo sabes hacer, hasta que se vayan ellos. Permanece en tu asiento y recibirás el premio que te prometí. Y recuerda en todo momento lo que has sentido por ella”. El segundo sobre contenía “FELIPE Y EMILY: Tengan el encuentro íntimo de sus sueños, hagan lo que quieran. Desborden morbo y vicios. Disfruten. Si alcanzas tu mejor orgasmo, Emily, enciende la luz al salir”. Y así sucedió todo; al pie de la letra. Felipe y Emily aceptaron la parafilia de que el escritor les mirara, y éste cumplió con su trabajo, mirando con una profundidad profesional que le fue marchitando el alma. Aquellos cuerpos desinhibidos danzaron en un edén híbrido de desenfreno. Ella culminó con una sonrisa, aferrando su cuerpo sudoroso al del amado desconocido. Y con las piernas temblando aún, salió con él del 304, y accionó el interruptor de la luz. Sucedió un chispazo en la silla cuyos descansabrazos metálicos condujeron la muerte hacia Rogelio. Nadie fue culpable de su muerte. Rogelio no tenía más planes para su vida que ese, morir como Bécquer, Acuña y Herrera, a los 33 años, enfermizo, enamorado. Y el detalle faltante, la macabra sonrisa que le igualaría con su doppelgänger, la sombría autoridad que ordenó la realización de ese proyecto.